Kant es gilipollas
(το διήγημα «Ο Καντ είναι μαλάκας» μεταφρασμένο στα ισπανικά)
Κimon Theodorou
Kant es gilipollas
OS dos amigos —el soltero y el casado— suelen discutir sobre temas como el imperativo categórico o si el hombre nace tabula rasa.
En una conversación acerca de la ética y los animales, el segundo
suelta que «Kant es gilipollas», el primero se pone como una furia,
«como vuelvas a decir eso te parto el culo», «Kant es gilipollas», se
atreve el otro, «como vuelvas a decir eso te parto el culo», «Kant es
gilipollas», «como vuelvas a decir eso te parto el culo», el diálogo se
repite unas cuantas veces como un mantra y cuando están a punto de
alcanzar el nirvana tántrico —si es que existe tal cosa— «Kant es…», se
despierta el niño en la habitación de al lado y se pone a llorar. El
padre se levanta, va a la habitación y lo trae, «Kant es gilipollas»,
intenta seguir con la misma cantinela para toparse con una negación, «no
digas esas cosas delante del bebé, imagínate que nos sale utilitarista o
alguna tontería por el estilo». Más tarde, la esposa regresa del
trabajo, dirige una mirada asesina a los dos, siempre sospecha que han
hecho alguna burrada con el joven descendiente. El bebé vuelve a
dormirse y el primero se tiene que marchar. El segundo lo llama al móvil
cuando el otro está a punto de llegar a casa; ya sabe cómo chincharlo:
«¡Κant es gilipollas!», tensa la cuerda pero no recibe ninguna
respuesta, el soltero cuelga el teléfono tratando de mantener la calma,
pero, la verdad, se pasa toda la noche en blanco. Decide, pues, que
cuando se encuentren de nuevo al día siguiente, le va a moler a palos;
sí, fuimos kantianos alguna vez; un respeto para con el pasado, señores –
medita. «Mi amor, ¿quién te ha puesto el ojo morado?», preguntará la
esposa tras el suceso y, habiendo prestado oídos a las explicaciones, le
dará la razón, como de costumbre, a su marido («Kant es gilipollas, al
igual que tu amigo»). En otra ocasión, hace tiempo, la esposa había
intentado justificarse ante una indirecta del amigo soltero: «Por
supuesto que tengo que darle la razón a mi marido, si no ¿cómo te crees
tú que se mantiene un matrimonio?».